Desde pequeña, a Brandi le encantaba oír una y otra vez la hoja de ruta de su abuela, Francesca. El relato la conmoví­a, la encandilaba en cada palabra. Y cada vez, la narración agregaba otro matiz, otro color. A los diez años le escribió una carta: “Voy a ser escritora para contar tu historia”. A la correspondencia, la encontró por casualidad después de la muerte de su abuela, y aquel presagio lo hizo realidad.

Empezó a escribir en el año 2003, se formó en diversos talleres literarios y tras dos años de trabajo intenso se decidió por publicar su primera novela. “Tuve que luchar contra el cliché propio de pensar que la inmigración es un tema re abordado, fuera de moda, y entender que la literatura vuelve siempre sobre los asuntos primarios”, explica la autora (La Plata, 1971) en diálogo con Télam.

La platense entreteje así­ una ligera y cautivante trama sobre la historia de vida de Puno, desde que es una niña en Italia, su primer trabajo en una fábrica a los once años, hasta su desembarco en la Argentina y las raí­ces que siembra muy lejos de su hogar. “No querí­a que fuera solo una historia de inmigración, querí­a contar la vida misma de una persona”, cuenta.

La inspiración literaria vino entonces de su abuela, de los relatos orales que la dejaban sin parpadear mientras duraba la historia: “Francesca empezó a crecer como personaje a medida que yo empecé a crecer como escritora. Ella fue mi primera narradora”, dice Brandi sobre esa mujer y su biografí­a, que con el tiempo y de la mano de su escritura tomó vida propia en la ficción.

“De cualquier manera -reflexiona en cuanto a la fusión entre realidad y ficción- cada vez que te cuentan una historia familiar, el relato es distinto. Las familias son narradoras y de acuerdo a quien cuente la historia, la anécdota se transforma. A partir de esa materia prima me dediqué a la investigación del contexto histórico y ahí­ la ficción empezó a crecer por sí­ sola”.

Uno de los hilos conductores de Puno (Nova) es la costura. La razón, explica, es que “me interesaba dotar a la costura de otros atributos que sirven para mostrar la relación entre las clases sociales; me permitió desarrollar otras cosas”, comenta esta autora platense cuya vida está entretejida “arriba de un barco”, como dice, porque sus padres también vinieron de Italia.

Junto a Francesca otras mujeres pueblan la novela: su hermana, su tí­a, su madre. “Siento que son las mujeres las que salen a la vida con garra, Francesca, mi abuela, armó junto a las suyas una madeja. Y eso quise marcar en la novela: cómo las mujeres echan raí­ces. En cambio, los hombres son personajes que entran y salen, como las olas. Nunca sabés si se quedan o se van, están como en el limbo”.

En este sentido, advierte la escritora a tono personal, es “re contra subjetivo pero siento que somos las mujeres las que llevamos adelante todo: la familia, los hijos, la historia de la humanidad. Por eso me gustó hacer foco en la fuerza femenina, son mujeres que logran y son capaces de todo y nadie se los habí­a dicho antes”.

A Puno, cuya vida se deshoja entre alegrí­as y penas inmensas, tampoco le enseñaron a desprenderse de su tierra, a despedir a una madre a la distancia y a sentir el dolor desgarrador de la muerte de los suyos. “Es un personaje admirable en el sentido de que se construyó a sí misma en la soledad para poder enfrentar lo que enfrentó”, piensa la autora.

Y como tantos otros que desembarcaron en una patria extraña y sin más que lo puesto, Puno “creo su propia identidad. Dejó de lado el dolor, los pensamientos tensos, los miedos y echó mano del arrabal, la milonga, las novelas semanales, la costura”. En definitiva, sintetiza Brandi, “aprendió a sobrevivir”.

Fuente: Télam